Ya eres uno más

SEAS BIENVENID@

Los Salvatorianos en el Ecuador te damos un grato saludo y te invitamos para que no sea tú primera visita, sino que ésta te anime a regresar.

Nos gusta mucho compartir contigo nuestro caminar y nuestra fe, nos gustaría contar con tus comentarios y con tus palabras de aliento.

Que la fe en nuestro Dios Trinidad nos una cada día más, que juntos podamos entregar la buena nueva a todos y de todas las formas que el amor de Cristo inspire a los que aún no lo conocen. Bienvenid@

DESEO SALVATORIANO

Tomando las palabras de Juan les decimos:
"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido.".

1 Juan 1, 1-3

Mostrando entradas con la etiqueta MEDITACIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MEDITACIÓN. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Segunda Parte del Padre Nuestro

Danos hoy el pan de cada día 

Esta oración tan completa que entrega Jesús a sus discípulos, el Padre Nuestro, luego de presentarnos sus tres anhelos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad; nos encontramos con cuatro gritos de angustia de la humanidad, empezando con el grito de hambre: “Danos hoy el pan de cada día”.

San Agustín decía, mientras reflexionaba este grito: “Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día entendemos que hoy significa el tiempo presente (esta vida nuestra, nuestra historia), para el cual pedimos nos conceda todo lo necesario, denominándolo con la palabra ‘pan’ como la parte más noble e importante de todo lo que necesitamos (para alimentar nuestra existencia de hijos). O también decimos ‘pan’ para referirnos al Sacramento de los fieles (Eucaristía), que necesitamos en el tiempo pero no solamente para el mero bienestar temporal sino para la felicidad eterna.”.

El reino de Dios es posible cuando el hambre no haga parte en la vida de nadie, cuando podamos compartir nuestros bienes para que a todos se les pueda anunciar la Palabra de Dios, alimento espiritual, porque ya lo pueden acoger con mayor agrado, pues no tienen el sufrimiento que causa la escasez, de la comida, el estudio, el techo y la recreación.

Como cristianos, que oramos con el Padre Nuestro, tenemos que comprometernos a compartir y velar porque quienes nos rodean gocen de lo necesario para vivir aquí y ahora y así reciban la esperanza de la vida eterna. 

Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos

El segundo grito de la humanidad es la reconciliación, solo con ella podemos hacer posible el reino de Dios, pero el perdón que nos invita a pedir Jesús en la oración del Padre Nuestro goza de dos direcciones, somos perdonados por Dios porque hemos logrado perdonar al hermano que nos ha ofendido. “Cuando decimos: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden nos movemos a recapacitar tanto sobre lo que pedimos como sobre lo que en realidad practicamos, para que se nos conceda recibir lo que pedimos.” (San Agustín).

Necesitamos, como individuos, vivir el perdón como remedio a tanto dolor y sufrimiento que nos acompaña. Es urgente consolidar las relaciones en un clima de paz y alegría, para que las sociedades nos brinden el gozo de la comunión. El perdón ayuda a sanar, construir, crecer y alimenta el espíritu, por ello no podemos negarnos dar este paso de amor; venzamos los egoísmos y los resentimientos que quizás han alimentado la ofensa recibida y triunfemos sobre el orgullo que no nos permite pedir perdón a quien hemos ofendido. Recordemos que Dios no quiere solo afianzar una filiación (relación de Padre e hijo) sino también buscar que nosotros afiancemos una fraternidad (relación de hermanos).

Quien se niega al perdón, a recibirlo o a ofrecerlo, se queda estancado, enfermo y se va desgastando poco a poco. Quien perdona es quien primero sale favorecido.     

No nos deje caer en tentación  

La tentación es una realidad que vivimos todos y tenemos que enfrentarla todos, el mismo Señor Jesús vivió la tentación del maligno. Es así que es el tercer grito de la humanidad, pidiendo el auxilio divino, No nos dejes caer en tentación. No es que esté sólo en la acción de Dios el que no caigamos en la tentación, de él recibimos un auxilio, para ser más fuertes, más firmes y vencer la tentación que se nos presenta; “Cuando decimos: No nos dejes entrar en la tentación: nos damos ánimo para pedir esto, no sea que si cesase su auxilio, o bien engañados consintiéramos en alguna tentación o bien sucumbiéramos a alguna debilitados por la angustia.” (San Agustín).

Solos no podemos vencer la tentación, necesitamos tener un aliado más fuerte y más sabio, Dios. La tentación disfraza el pecado, nos lo muestra como agradable, bueno y sano, alejándonos así del reino de Dios. Sin el auxilio de Dios caemos fácilmente y fácilmente vamos arruinando nuestra vida. Y tengamos muy presente que la mayor tentación que se nos presenta es anular a Dios de nuestra vida, creer que somos autosuficientes, que solos podemos caminar en este mundo y vencer el mal que en él reina. Y luego tenemos las tres tentaciones principales que ofrecen al hombre una vida sin dolor, sin angustias y sin sufrimientos, pero claro está, nuevamente es un disfraz, son tener, poder y placer.       

Líbranos de todo mal  

El grito con mayor fuerza que eleva a Dios la humanidad es el deseo de ser librada del mal, líbranos de todo mal. Jesús es muy consciente de este grito y por eso no lo olvida en la bella oración del Padre Nuestro.

“Cuando decimos: líbranos del Mal renovamos la advertencia en que no estamos aún seguros en la posesión del bien, para que dejemos de temer que nos sobrevenga el mal. Y esta última petición de la oración del Señor abarca tanto, que el cristiano sea cual fuere la tribulación a la que esté sometido, gime con esa fórmula, con ella derrama su llanto, de ella parte, en ella se detiene y con ella culmina su oración.” (San Agustín).

El mal de este mundo nos agobia, nos desgasta y nos desanima para continuar caminando en busca del bien supremo. Por eso lo rechazamos con todas nuestras fuerzas y lo gritamos pidiendo la intervención divina para que sea alejado de nuestra vida. Pero también tenemos la obligación de tomar consciencia que en ocasiones somos nosotros, quienes hemos gritado “líbranos del mal”, los que causamos el mal de este mundo o lo alimentamos o lo impulsamos.

Es así que rezar el Padre Nuestro es comprometernos a no darle espacio al mal de ninguna manera, ni aceptarlo cuando sea causado por otros ni mucho menos ser nosotros propiciadores del mal. Siempre comprometidos por el bien que viene de Dios y que es Dios mismo. 

martes, 28 de octubre de 2014

Primera Parte del Padre Nuestro

Padre Nuestro que estás en el cielo

El judío, no había visualizado la dimensión paternal de Dios, pues para el judío Dios acompañaba, corregía, exigía, pero no lo concebían familiar con el hombre. Es Jesús quien revela que Dios es Padre e invita a que nos dirijamos a Él como Padre, “Cuando ustedes vayan a orar digan: Padre nuestro que estás en el cielo”. Y no es que Nuestro Señor hiciera una proyección de la paternidad humana, de ninguna manera; Dios es el origen de toda paternidad (Efesios 3, 14-15) su ser Padre está en su misma naturaleza trinitaria, desde siempre es Padre del Hijo, en la esencia misma de Dios se ha fundado la relación de Padre-Hijo (Hebreos 1, 1-14). La naturaleza paternal de Dios pertenece a su mismo ser.

Dios se ha mostrado a su pueblo como Padre (Éxodo 4, 22-23), Moisés entrega al pueblo un mensaje del Padre. Dios es Padre para los que ha llamado a la existencia desde la creación (Isaías 63, 16; 64, 7); es a su pueblo a los que cuida y custodia con infinito amor (Jeremías 31, 9), son sus hijos a los que corrige (Proverbios 3, 1-2.12) es el Padre de la ternura y de la protección (Salmo 27, 10; 103, 13, Eclesiástico 23, 1-4). Pero es en la persona del Hijo infinito (Jesucristo) que la presencia de Dios como Padre es más fuerte, solo debemos aceptarle (Juan 1, 12-13) y nacer en el Espíritu (Juan 3, 5), somos hijos en el Hijo (Gálatas 4, 4-5); de esta manera seremos herederos de la gracia eterna (Romanos 8, 14-17; Juan 20, 17).    


Como bautizados estamos llamados a buscar siempre vivir en una relación familiar con Dios, no encontrarnos con él como con un amo o verdugo, pues es el Padre, que nos amó primero (1 Juan 4, 19), nos escucha (Mateo 6, 5-6),se preocupa de nuestras necesidades (Mateo 6, 25-33), que se alegra cuando recapacitamos de nuestros errores (Lucas 15, 1-10), nos recompensa por actuar bien (Mateo 6, 1-4). Pero sobre todo es el Padre que nos propone una vida junto a él (Juan 14, 1-7).    

Santificado sea tu nombre 

Orar, la oración de Cristo Jesús, es unirnos a sus sentimientos más profundos. El primer sentimiento que desvela Jesús, en su oración, después de proclamar la paternidad divina, es santificado sea tu nombre de Padre; este sentimiento es a su vez el primer anhelo del Señor, que todos los hombres reconociendo a Dios como Padre, santifiquen su nombre.

Lo santificamos porque su bondad es infinita, nos mira con compasión infinita, siempre está presente, nos ofrece su mano para levantarnos, sus brazos para abrazarnos, su corazón para perdonarnos, su sabiduría para reorientarnos. Él siempre quiere y busca nuestro bienestar. Es tan grande su amor que compartió su poder depositándolo en nuestra libertad, permitiéndonos ser parte en la construcción de su reino, ¿cómo no santificar su nombre de Padre?

Este anhelo de Jesús, que el nombre de Dios Padre sea santificado, debemos apropiárnoslo y acoger las palabras sabías de San Agustín:

Cuando decimos: santificado sea tu nombre nos incitamos nosotros mismos a desear que su Nombre, que es siempre santo, también sea tenido por santo por los hombres. Esto es, que no sea menospreciado, lo cual no va en provecho de Dios, sino principalmente en provecho de los hombres.

Venga a nosotros tu reino

El segundo sentimiento de Jesús, develado en la oración que entrega a sus discípulos es, venga a nosotros tu reino“Y cuando decimos: venga tu Reino, Reino que, querámoslo o no nosotros, vendrá ciertamente, avivamos nuestro deseo de que venga a nosotros y que nosotros merezcamos reinar en él.”[1].

El reino de Dios es muy distinto al reino que pretenden constituir algunos con la violencia, el maltrato, la imposición, la codicia, la discriminación, entre otros males que deshumanizan por ser dueños del poder. Jesús quiere que el Padre reine en nuestra vida pero como Padre, que su poder lo experimentemos en la acogida, la justicia, la valoración, la solidaridad, la comunión, la dignidad y la plena felicidad y realización personal.

Y Dios no reinará entre nosotros si continuamos dándole mayor importancia a nuestros deseos, impulsos o caprichos, olvidando fácilmente el valor que tiene nuestra vida en sí; continuaremos deshumanizándonos y permitiendo que sea el mal el que reine entre nosotros.

Quien se apropia de este anhelo redentor, y ora con Jesús, “Venga a nosotros tu reino”, debe comprometerse a vivir en la dimensión de la unidad, la paz y el amor; los tres pilares para que el reino de Dios esté entre nosotros.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

El tercer anhelo que nos presenta Nuestro Señor en la oración es “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”; él sabe que la única manera de darle una esperanza a la humanidad es en la obediencia a la sabiduría innata, Dios Padre. Nuestro Señor Jesucristo es ejemplo de obediencia, el apóstol nos recuerda, una obediencia hasta la muerte y una muerte de cruz (Filipenses 2, 8).

Ser obediente es permitirle a Dios que nos muestre el camino, que nos oriente, que nos eduque. Y pudiéramos preguntarnos, ¿por qué necesitamos obedecer a Dios? y la respuestas sería, porque Él tiene una mirada integral de la vida, no es caprichoso ni se deja llevar por los impulsos, su voluntad mira nuestro bienestar integral; a diferencia de nosotros, que para tomar una decisión, para tomar una elección, nos dejamos guiar por los caprichos, por los deseos pasajeros, por el interés personal. Decisiones o elecciones que luego traen consigo negativos resultados.

Es el momento de darnos la oportunidad de escuchar a Dios y obedecer a su voluntad, por más que nos cueste comprender sus designios, asumir sus propuestas y aceptar sus respuestas; pues siempre su voluntad tendrá contraposición con los criterios humanos. Pero también siempre su voluntad buscará nuestro bienestar.

Continuemos orando al Padre junto a Jesús para que la gracia del Espíritu Santo nos ayude a ser obediente como los Ángeles en el cielo la alegría celestial la empecemos a vivir aquí y ahora.  


[1] Explicación del Padre Nuestro por San Agustín. 

viernes, 27 de septiembre de 2013

Confianza en Dios


P. Francisco Jordán, SDS

“Aunque se levanten olas contra ustedes, aunque surjan persecuciones por todas partes venga lo que viniere, confíen en el Señor y sigan hacia adelante.”

El P. Francisco, fundador de los Salvatorianos, fue el hombre de la confianza en la divina providencia, fue tal su confianza que quiso dejarla a sus hijos espirituales como herencia, en su testamento espiritual, cuatro de ocho numerales fueron dedicados a la confianza en Dios:

1.     Patrimonio perpetuo sea siempre para ustedes la confianza en la Divina Providencia, que les nutra siempre cual próvida madre.

2.     Les dejo la Pobreza perpetua como tesoro precioso y margarita selecta, de la cual Dios les pedirá cuenta en el día del juicio.

3.     En Dios solo pongan toda esperanza y confianza, quien como fuerte guerrero combatirá por ustedes.

4.     Ay de ustedes si confían en hombres y riquezas.

Es una gran enseñanza para todo creyente. Dios nunca desampara a los suyos. Ya decía el Papa Benedicto XVI “No hay grito humano que Dios no escuche”. No podemos desesperar o desesperanzarnos porque no vemos que las cosas van como nosotros queremos, confiar en el Señor quien nos dijo: “El Padre de ustedes, que está en los cielos, dará cosas buenas a quien se las pida” (Mt. 7, 11).

Quizás ese es nuestro problema no sabemos pedir cosas buenas, sino cosas que deseamos o queremos como caprichos, y muchas veces esas cosas no nos permiten ser felices ni mucho menos realizarnos, más aún nos deshumanizan, entonces Dios no permite que lleguen a nosotros. La confianza en la divina Providencia es dejar que Dios sea Dios, decida y nos dé lo que necesitamos.

lunes, 23 de septiembre de 2013

La oración


P. Francisco Jordán, SDS


“Para poder orar y meditar bien, descienda a las profundidades de su nada y sea humilde.”

El P. Francisco, fundador de los Salvatorianos, oraba durante el día ocho horas, claro, no seguidas, de ratos en ratos durante el día. Fue un hombre de constante encuentro con el Señor de la vida. Él afirmaba que “la oración es el arma más poderosa”, y su vida demostró que así es. Pues aunque tuvo muchos contratiempos para fundar la Familia Salvatoriana, lo logró. Ni el dinero, ni lo material, ni el poder, ni las envidias, ni los tropiezos, ni los rechazos, en fin nada pudieron contra él y su proyecto religioso.

Un día escribió en su diario espiritual, para tener siempre presente, “cualesquiera que sean tus sufrimientos, aflicciones, preocupaciones, temores, humillaciones, etc. di siempre desde lo hondo de tu corazón: ‘¡Fíat voluntas tua!’ (Hágase tu voluntad)”. Esta entrega confiada sólo se logra con mucha, muchísima oración, con mucho encuentro en silencio a los pies del Señor.

Aprendamos esta gran virtud del Padre Francisco Jordán, orar siempre. Sin descanso y con mucha fe. Pero sobre todo bajando a nuestra nada y con humildad, pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, quien viene siempre en nuestra ayuda, así lo dice San Pablo: “Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Romanos 8, 26). 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Ser religioso


P. Francisco Jordán, SDS


“El religioso debe ser: sencillo como un niño, sincero como un niño, humilde como un niño, modesto como un niño, obediente como un niño, fiel como un niño”.


El P. Francisco, fundador de los Salvatorianos, que siendo sacerdote diocesano, encontró en la vida consagrada religiosa la mejor manera de servir y crecer en el encuentro con Dios. Siempre con la idea de la necesidad de vivir este estilo de vida como lo niños. Como lo afirmaba Jesús, “En verdad les digo: si no cambian y no llegan hacer como niños, nunca entraran en el reino de los cielos” (Mt. 18, 3). Para el P. Francisco esa era la clave, ser como niños. Un buen religioso debe ser sencillo, sincero, humilde, modesto, obediente y fiel, como los niños.

Ahora bien, los religiosos no salen ni se forjan de la nada. Los religiosos surgen de las familias, donde aprenden a amar a Dios y se van encontrando con su llamada. Los religiosos son en un alto porcentaje lo que padres, hermanos y demás familiares le han transmitido. Así que, como familias debemos comprometernos a crecer en los valores que un religioso debe tener. Nadie sabe, más que Dios, en que casa, en qué familia hay un religioso, o religiosa o sacerdote. Es un llamado que se puede dar en cualquier momento de la vida. Este es el principal compromiso de toda familia cristiana, cultivar los valores que puedan forjar seguidores de Cristo Jesús.

En un segundo compromiso de toda familia cristiana, es la oración por todos las y los religiosos del mundo. Por quienes están en casas de clausura, en apostolados o en misión. La vida religiosa se alimenta espiritualmente también con la oración de toda la Iglesia. Oremos por los religiosos.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Ser evangelizador


P. Francisco Jordán, SDS


“Sea su finalidad: anunciar el evangelio en todas partes y por todos los medios que la caridad de Cristo le inspire”.


El P. Francisco, fundador de los Salvatorianos, consideraba que todo bautizado tenía como misión anunciar el evangelio y más aún sembrar la semilla de Reino de Dios en todo tiempo, en todo lugar y en todo hombre. Por ello soñó en fundar una comunidad en la que participaran todos: laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, solteros y casados, profesionales y artesanos, varones y mujeres, en fin todos, cada uno desde su realidad, en un mismo espíritu.  Pero la Iglesia no le permitió llevar a feliz término ese sueño; un supervisor del vaticano llegó a afirmar que tal sueño “era un arca de Noé”. Pero nada le desanimó y acogiendo las recomendaciones de la Santa Madre Iglesia fundo dos comunidades religiosas de varones y de mujeres. Muchos años después surgió la comunidad laical. Las tres ramas en el espíritu del Divino Salvador.

El Padre Jordán escribió en su diario espiritual: “Sé un auténtico apóstol de Jesucristo y no descanses hasta que hayas llevado la palabra del Señor a todos los extremos de la tierra. ¡Sé un verdadero pregonero del Altísimo!


Este santo fundador nos debe interpelar a preguntarnos ¿qué acciones hago yo para cumplir con mi deber de evangelizar como bautizado? Todos debemos ser evangelizadores; claro está que antes debemos ser discípulos del Señor y se es discípulo desde dos dimensiones, desde la oración y la vida sacramental y desde  el aprendizaje de la vida cristiana. Por ello antes de hacernos la anterior pregunta debemos preguntarnos ¿Conozco yo al Señor Jesús, puedo ser su enviado para evangelizar porque ya he sido un buen discípulo? Muchas veces queremos enseñar o hablar de Jesús pero en verdad somos pobres espiritualmente.     

miércoles, 29 de mayo de 2013

El Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo




Lucas 22:14-15.19-20 
Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles  (15)  y les dijo: "Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer.  (19)  Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía."  (20)  Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: "Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes".



Uno de los grandes misterios de fe es el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el pan y en el vino. Solo por fe, aceptamos esta herencia de Jesús y enseñanza de la Iglesia. No es que significa sino que es realmente el Cuerpo y la Sangre. Lo que acontece es que nuestros sentidos, ojos, olfato y tacto, se encuentran con lo que conocemos como pan y vino, pero nuestra fe se encuentra con la sustancia de Cuerpo y Sangre de Cristo.

Santo Tomás de Aquino, un gran predicador católico, solía decir: Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida. Y en esta homilía continuaba diciendo, No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Y tú ¿Vives y te alimentas con este manjar de salvación, siendo consiente que te alimenta para la vida eterna?

miércoles, 22 de mayo de 2013

La Santísima Trinidad



Mateo 28:19-20 
Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  (20)  y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.".

La Iglesia cree y acepta que en la naturaleza de Dios existen tres personas, Padre – Hijo – Espíritu Santo, siendo uno solo. Y profesa: Creo en la Santísima Trinidad, tres personas distintas pero un solo Dios verdadero.

El Obispo San Atanasio enseñaba por el año 270 la doctrina de la Santísima Trinidad con estas palabras:

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

Hermanos, Dios ya nos ha elegido y nos ha concedido su gracia a través de los sacramentos, en el momento que fuimos bautizados la Santísima Trinidad ha puesto su morada en nosotros, somos templo de la divinidad. Permite con la escucha y la lectura de la palabra de Dios acrecentar ese vínculo y configurarte más con Dios.

Te invitamos a preguntarte:
¿Dios, que ha puesto su morada en mí desde el bautismo, es quien orienta mi vida, la hace plena, la llena de felicidad o no le he permitido actuar como él quisiera en mí? 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Pentecostés, Venida del Espíritu Santo



Hechos 2:1-4 
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.  (2)  De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban,  (3)  y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos.  (4)  Todos quedaron llenos del Espíritu Santo.

La palabra PENTECOSTES significa cincuenta días después de la pascua, es decir de la resurrección. A los cincuenta días de Cristo haber resucitado, cumplió con su promesa de enviar al Espíritu Santo para que asistiera a los Apóstoles, en la misión de continuar su obra: entregar la Buena Noticia de Salvación. Esa fue la promesa del Señor Jesús: El Defensor, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombres, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho (Juan 14, 26).

Así pues, celebrar la Solemnidad de la Venida del Espíritu Santo, es celebrar la alegría de saber que la Iglesia está sostenida e iluminada por el mismo Dios. Es la presencia del Espíritu Santo en nuestros pastores, la que hace posible que el mensaje de Jesucristo sea predicado en todo el mundo y que su acción santificadora sea entregada en los sacramentos celebrados en todo el mundo, también. Y todos cuantos hemos participado de la gracia por el bautismo, en el cual también recibimos el Espíritu Santo. Este le da sentido a todos los sacramentos: la comunión, la reconciliación, la confirmación, el matrimonio, el orden sacerdotal y la unción, estamos llamados a dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu Santo para ir construyendo el Reino de Dios.

Si queremos que nuestra Iglesia doméstica, la familia, nuestra Iglesia parroquial, nuestra Iglesia diocesana y nuestra Iglesia universal sea transformada, permitamos que el Espíritu Santo nos guíe, nos ilumine, nos muestre el camino, nos recuerde lo que Jesús nos pide. Preguntémonos:

¿Mi vida está guiada por el Espíritu Santo o quién me da las luces para tomar decisiones? 

jueves, 9 de mayo de 2013

La Ascensión del Señor


Lucas 24:50-53 
Jesús los llevó hasta cerca de Betania y levantando las manos, los bendijo.  (51)  Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.  (52)  Ellos se postraron ante él. Después volvieron llenos de alegría a Jerusalén,  (53)  y continuamente estaban en el Templo alabando a Dios.

La Iglesia universal celebra con gran alegría la ascensión del Señor Jesús a lugar del gozo, de la plenitud, de la salvación, al lado del Padre. Jesús de Nazaret, el hijo de María, nuestro hermano y Señor, nos ha abierto las puertas del cielo, de la casa de Dios. Desde su resurrección y su ascensión todos tenemos la posibilidad de entrar también a esta vida eterna junto a Dios.

Hermanos debemos llenarnos de gozo, de alegría, de esperanza, pues esta vida no termina con la muerte, se transforma plenamente después de ella en vida gloriosa, de la que nos hace partícipes Jesús y de la cual ya se nos han adelantado nuestros santos.

Jesús que nos espera para que un día estemos junto a Él eternamente, nos ha dejado la Iglesia como fuente de esa preparación a la vida futura. Es en la vida de la comunidad eclesial que nos enriquecemos de la gracia de Dios: con los sacramentos, con la unidad fraterna, con la solidaridad, con el buen vivir desde el mensaje de Dios, en fin, con todo lo que hace parte de la vida de un buen Cristiano.   

Al celebrar la Solemnidad de la Ascensión del Señor Jesús a los Cielos, deberíamos preguntarnos:

¿Todo cuanto hago en el diario vivir está direccionado al proyecto de Dios, iluminado por la vida del Señor Jesús? ¿Qué ilumina mis actos, mis palabras, mis pensamientos, mis aportes al mundo?

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sacramento de la Unción


Objetivo:
                   Descubrir que en el dolor o en la aflicción Dios no nos desampara, y que nosotros podemos unirnos al dolor de Cristo en la cruz con nuestro dolor. 
      
Desarrollo del encuentro:

v  El sentido del Sacramento

"¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados" (Santiago 5,14-15).

Santiago muestra a la comunidad cómo actuar frente a un enfermo, cómo poder mostrarle que Dios lo acompaña en su dolor. Pues la Iglesia desde sus orígenes tiene clara esta misión, el mismo Jesús el Cristo la envió por medio de los primeros discípulos, y ellos:

“ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”
Marco 613

Por tanto el sacramento de la unción, como todos los sacramentos, nacen de la tradición evangelizadora de Jesús y sus apóstoles. Cuando ellos ungían entregaban al creyente la gracia de Dios, les concedía paz y ánimo para sobrellevar el dolor; les concedía el perdón de sus pecados; les concedía la sanación y les preparaba para llegar a la gloria de Dios. De la misma manera actúa el ministro consagrado hoy.

Este es un sacramento que se puede repetir más de una  vez, es conferido a los que están gravemente enfermos o en la vejez. La Iglesia no tiene limitaciones para quienes lo desee recibir sin estar enfermos o en la vejez; pero es más significativo en estos momentos.
  
v  Participantes

Sacerdote:
Estando el presbítero con todas las facultades ministeriales, es el único que puede conferir el sacramento de la unción.

Enfermo(a) o anciano (a):
Es el creyente bautizado que consciente o inconsciente, con capacidades físicas o sin ellas, recibe la unción.

v  Símbolo y Signo

Óleo:
El jueves santo el obispo bendice el santo óleo que se utiliza en el sacramento de la unción. El ministro que conceda este sacramento unge al enfermo o anciano en la frente y en las manos, mientras recita la oración:

Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo para que libre ya de los pecados, te salve y te alivie por su benignidad.
                                                                                   Amén

Enseñanza del encuentro:

Ø  El sacramento de la unción puede ser recibido por todos, en especial por los enfermos(a) y los ancianos(a).

Ø  Corresponde al presbítero o al obispo conceder este sacramento. Ya que en él quedan perdonados los pecados y el diácono no tiene esta facultad.

Ø  La gracia recibida pude conceder la salud o preparar al creyente al encuentro con la Santísima Trinidad: Padre, Hijo, Espíritu Santo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sacramento del Orden


Objetivo:
                   Aceptar el sacramento del orden como la vocación que Dios Trino concede al varón, para presidir, In Persona Christi, los sacramentos y servir a la comunidad. 
      
Desarrollo del encuentro:

v  El sentido del Sacramento
El sacramento del orden es concedido a quién afirma que ha sido llamado por el Señor y la Iglesia acepta como idóneo a tal misión. La vocación a la vida presbiteral-sacerdotal[1] pertenece a quien el Señor le llama con nombre propio:

“Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él.  Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar  con poder de expulsar los demonios” (Marco 313-15)

El sacramento del orden consta de tres grados: episcopal, presbiteral y diaconal, y los tres son para el ministerio apostólico. Con la ordenación se le concede al ordenado un “poder sagrado”, con el cual gobierna o anima una comunidad eclesiástica. Se dice que es “consagrado” porque “se pone aparte” es “investido” por Cristo para su Iglesia.

Este sacramento, como el bautismo y la confirmación, imprimen carácter y se concede una sola vez para siempre, ya que estos tres sacramentos permiten visualizar la Iglesia, que es la nueva alianza de Dios con los hombres.

Sin el sacramento del Orden careceríamos de la fuerza entregada por Jesús de Nazaret en los caminos polvorientos de Palestina. Pues él entregó a sus primeros discípulos-apóstoles la gran misión de dar a conocer la Buena Nueva, como también les concedió el Espíritu Santo. Es por tal razón que la Iglesia afirma que los ordenados actúan “In Persona Christi Capitis” (En la Persona de Cristo Cabeza). Es Cristo Cabeza de la Iglesia quien actúa en la celebración de los sacramentos; esta verdad es traspasada por cualquier pecado venial o grave del ministro consagrado.

El ministro consagrado también goza de la representación de toda la Iglesia para orar a Dios. Él en nombre de la comunidad se relaciona con el Padre, Hijo, Espíritu Santo. Es por esta razón que correctamente le decimos presbítero, que significa anciano, en el caso del consagrado no es por edad y canas, sino porque él lidera y anima la comunidad, como también enseña, como lo hacen los ancianos en nuestros pueblos.

He aquí que el ministro ordenado (obispo-presbítero-diácono) tiene la triple misión de gobernar, santificar y enseñar.

v  Participantes
Obispo:
Siendo el obispo quien recibe la plenitud del sacramento del orden, en cuanto sucesor de los apóstoles, le corresponde transmitir la gracia recibida a nuevos obispos, presbítero y diáconos. Sin olvidar que es el mismo Cristo quien da a unos ser apóstoles, a otros profetas (cf. Efesios 4, 11).  

Candidato (al orden diaconal, presbiteral u obispal):
Es el varón bautizado que sintiéndose llamado y aceptado por la Iglesia desea abrazar el ministerio del orden con todo lo que requiere: pobreza, obediencia y el celibato por causa del Reino. Él habiendo realizado una formación filosófica y teológica en un seminario o casa de formación es admitido al orden del diaconado; el diácono es admitido al orden del presbiterado y el presbítero es admitido al orden del episcopado. 
  
v  Símbolo y Signo

Ritos iniciales
Costa de la presentación y elección que se hace del candidato, el interrogatorio debido, alocución del obispo, las letanías. Estos ritos iniciales permiten palpar que es Dios que lo ha elegido y lo ha hecho a través de la Iglesia, como también se ora para que verdaderamente llegue a un feliz término esa elección.

La imposición de manos:
“El rito esencial del sacramento del Orden está constituido, para los tres grados, por la imposición de manos del obispo sobre la cabeza del ordenando, así como por una oración consagratoria específica que pide a Dios la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato es ordenado[2]

Unción con el Santo Crisma
Se unge al ordenado Obispo o Presbítero, signo de la consagración del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio.

Símbolos ministeriales
Obispo
Se le entrega el libro de los evangelios, el anillo, la mitra y el báculo.
Presbítero
Se le entrega la patena y el cáliz.
Diácono
Se le entrega el libro de los evangelios.

Enseñanza del encuentro:

Ø  El sacramento del orden es conferido a un varón bautizado y llamado por el Señor a estar con él, predicar el Evangelio y Expulsar demonios.

Ø  El obispo, que tiene la plenitud del orden, es el único que pude conferir este sacramento.

Ø  El ministro ordenado cuando celebra lo hacen In Persona Christi Capitis, es decir, Jesús el Cristo es quien celebra.

El ministro ordenado es quien presenta al Dios Trino la oración de la Iglesia.


[1] El término “sacerdote-presbítero” que estoy utilizando, los dos términos por separados son válidos en la fe de la Iglesia. Mas la tradición de la Iglesia, purificada en la revelación a los judíos y en el encuentro con el pueblo griego, hace una diferencia lingüística: sacerdote (sacra = sagrado y dhe = hacer) es propio de aquel varón que presenta la ofrenda, el sacrificio, el culto, presidiendo una comunidad; el presbítero (viene del griego presbitez  = presbítero = anciano) es el varón que tiene la sabiduría, que educa, que forma a otros hombres. Por tanto al referirnos a los ministros ordenados es bueno tener en cuenta que ellos tiene la triple misión de gobernar, santificar y enseñar.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica No 1573