Ya eres uno más

SEAS BIENVENID@

Los Salvatorianos en el Ecuador te damos un grato saludo y te invitamos para que no sea tú primera visita, sino que ésta te anime a regresar.

Nos gusta mucho compartir contigo nuestro caminar y nuestra fe, nos gustaría contar con tus comentarios y con tus palabras de aliento.

Que la fe en nuestro Dios Trinidad nos una cada día más, que juntos podamos entregar la buena nueva a todos y de todas las formas que el amor de Cristo inspire a los que aún no lo conocen. Bienvenid@

DESEO SALVATORIANO

Tomando las palabras de Juan les decimos:
"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido.".

1 Juan 1, 1-3

miércoles, 10 de octubre de 2012

Sacramento del Bautismo


Objetivo:
                   Descubrir en el sacramento del bautismo que Dios nos elige y nos llama desde nuestros primeros días a vivir en su presencia para alcanzar la santidad.

Desarrollo del encuentro:

v  El sentido del Sacramento

El origen del sacramento del bautismo cristiano católico radica en el envío de Jesús a sus apóstoles:

Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado; y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo
Mateo 2819-20

La riqueza espiritual que han recibido los apóstoles es para compartirla, para entregársela a muchos; es a través de la misión apostólica como Jesús se extiende en la historia como las ondas sanadoras y redentoras de todos los hombres. El bautismo es su primera acción.  

Lo primero que podemos descubrir en el bautismo de los niños es que Dios nos elige, que él nos llama, que desea que estemos en su presencia, desde nuestra tierna edad. Las sagradas escrituras nos han mostrado siempre la elección de Dios, recordemos a Moisés, a Abraham, a Salomón, a Jeremías, a Juan el bautista, a María, a los apóstoles y a tantos otros que siguieron y se adhirieron a la vida cristiana (Juan 112-13). Dios nos ama primero y por eso nos concede su Santo Espíritu (Marcos 1, 8) convirtiéndonos en sus hijos, así se obtiene el nacimiento espiritual (Juan 3, 1-7). Y al ser hijos de Dios somos purificados de todo pecado (Tito 35), de esta manera se nos imprime carácter incorporándonos en la Santa Iglesia católica, con la que formamos el Cuerpo de Cristo (Hechos 241-42), quedando sellados en la universalidad cristiana. 


Bellamente exhortaba San Gregorio de Nisa, en una de sus homilías, “El hombre cuando es adoptado por Dios sobrepasa su naturaleza: de mortal se hace inmortal, de perecedero imperecedero, de efímero eterno, de hombre se hace dios”.

v  Participantes
Sacerdote:
Es quien preside la celebración, él, en nombre de la Iglesia, acoge al niño y le muestra el amor de Dios.  

Bautizado:
Es quien fue elegido por Dios para estar en su presencia desde la comunión de la Iglesia, y quien al recibir el sacramento del bautismo obtiene el sello del Espíritu santo. 
    
Padres:   
Son miembros de la Iglesia que al vivir la fe en Jesucristo han descubierto el amor de Dios y saben que Dios tiene amor infinito para amar a muchos. Desean que su hijo(a) reciba este amor.

Padrinos:
Son miembros de la Iglesia que también han experimentado el amor de Dios y desean acompañar a los padres en la educación de la fe. Tienen la obligación de orientar a los padres que se dejan seducir por el mundo y olvidan su deber paternal o maternal. Y en caso que faltasen los padres ellos asumirían la potestad de su ahijado. 

Pueblo: 
Son el resto de participantes de la celebración, en ellos reconocemos a la Iglesia universal. Todos, conocedores del amor de Dios, acogen al nuevo miembro de la gran familia cristiana, al nuevo hermano.

v  Símbolos y Signos

La comunidad:
Siendo una alegría para toda la familia cristiana, este sacramento se debe realizar en la presencia de algunos miembros de la Iglesia. El sacerdote realiza la señal de la cruz en la frente del niño e invita a que padres y padrinos hagan lo mismo, esto es signo de que es bien recibido por la comunidad cristiana. 

El cuestionario:
Los padres y padrinos, después de proclamar con la comunidad la profesión de fe (credo), son interrogados: “¿Desean padres y padrinos bautizar a su hijo(a) en la fe que todos acabamos de profesar?” La respuesta a este interrogante es fundamental para conocer el deseo de los padres y padrinos. La segunda da sentido a lo que han contestado: “¿se comprometen a ayudar a N. N. para que siga creciendo en la fe cristina?”

Las letanías:
Es el momento en el que recordamos la unidad de la Iglesia peregrinante con la Iglesia celestial. Nombramos a la corte celestial encabezada por la Bienaventurada Virgen María y seguida de los santos más conocidos del lugar, terminando con el nombre del niño que es bautizado. Recordar a estos santos es para la Iglesia recordar que sí se puede vivir en la presencia del Señor, gozando desde aquí de todos los bienes celestiales.

El agua:
El símbolo del agua nos significa la purificación. El agua debe ser derramada sobre la cabeza o el niño puede ser sumergido y se debe decir: “N.N. yo te bautizo en nombre del Padre del Hijo del Espíritu Santo, Amén.”. 

Existen también dos posibles bautismos, el de sangre, que consiste en aquellas personas que por diferentes motivos no pueden ser bautizadas y mueren a causa de la fe. O de deseo, que pueden ser aquellos que impulsados por la gracia, sin conocer a Cristo ni a la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad como también aquellos adultos que desean bautizarse y en el catecumenado muere.

La unción
Con la unción se significa la elección que Dios hace del niño para que viva como sacerdote (celebra), profeta (anuncia) y rey (gobierna).

Sacerdocio común: a partir de este momento el nuevo integrante de la familia cristiana debe entrar en la alegría de la celebración de fe. Su primer misión es “celebrar la vida”, primeramente con la orientación de sus padre y luego con sus propias decisiones. Como también se une a las celebraciones de la comunidad cristiana, todo acto litúrgico que la Iglesia viva en su fe: Eucaristía, Exposición del Santísimo, Rosarios, Novenas, Peregrinaciones, etc.
Profeta: es misión de todos los bautizados anunciar el mensaje de salvación, entregado en la persona de Jesús el Cristo. Procurando hacer vida lo que está predicando.  

Rey: ser rey es tener la potestad de gobernar, sabemos que un niño no toma decisiones, pero en compañía de sus padres y padrinos el bautizado debe aprender a discernir el bien en medio del mal que el mundo puede ofrecerle. Constituyéndose en una persona libre.

La vestidura blanca:
Signo de la pureza que recibe por ser hijo de Dios.

El cirio encendido
Signo de la luz de Cristo que guiará al bautizado. Todos, padres, padrinos y si se puede el bautizado, toman el cirio y reciben el compromiso para que esa luz permanezca siempre encendida con la misma intensidad.

Oración conclusiva:
En la cual se da gracia a Dios por una vez más manifestar su amor, y solicitándole que derrame el Santo Espíritu en el nuevo miembro de la Iglesia.  

Enseñanza del encuentro:

Ø  El sacramento del Bautismo nos concede la gracia del Espíritu Santo haciéndonos hijos de Dios, purificándonos del pecado original e incorporándonos a la vida de la Iglesia.

Ø  El Bautismo es la semilla de la fe (que es la gracia) que hay que seguir cultivando en vida de comunidad.

Los padres y padrinos reciben el compromiso de cultivar la gracia recibida por su hijo y ahijado.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Los Sacramentos


Objetivo:
                   Asimilar los sacramentos como medios formativos en nuestra vida. Aceptando que ellos nos trasforma la vida, nos encamina a la conversión y nos hace desear la vida eterna.  

Desarrollo del encuentro:

                   Celebrar los sacramentos es renovar la acción de Jesús entre los hombres, adelantar la vida eterna junto al Padre y vivir el presente con la gracia del Espíritu Santo. Quién celebra los sacramentos está lleno de la Santísima Trinidad. En los sacramentos nos comunicamos con Dios y Él nos entrega su gracia.

Los sacramentos, por ser realidad sobrenatural, necesitan, ante todo, la fe de quienes lo celebran, de lo contrario no hay frutos sacramentales. En el sacramento vemos símbolos que por la fe nos transportan a la acción sobrenatural de Dios en el mundo. Es decir, vemos agua pero es la purificación de Dios.                                  

De esta manera aquella purificación de Jesucristo en el mundo, a muchas personas y grupos, se renueva en los creyentes de nuestro tiempo, anticipándonos, por la acción del Espíritu Santo, a la purificación que se vive eternamente junto al Padre. Por eso Leonardo  Boff enfatizaba en decir que “El sacramento es, por esencia, evocación de un pasado y de un futuro, vividos en un presente.[1].

Así descubrimos la misma esencia que contiene la sola palabra SACRAMENTO, que es:
sacra = “hacer santo”
mento = “medio para”

Los creyentes no estamos celebrando un rito del pasado o muerto, celebramos una renovación y de vivos, porque Dios es la vida plena. El Hijo vino al mundo para que todos tuviéramos vida en abundancia (Juan 10, 10). Él nos entregó los sacramentos como camino de vida y santidad. Y no hay que asustarse por la santidad, ella llega con la gracia sacramental y “la gracia no destruye la naturaleza humana, sino que la perfecciona”[2].

No se puede olvidar que, para que la gracia perfeccione es fundamental la fe del creyente que se abre al compromiso que impulsa el sacramento. De lo contrario se convierte en una acción de costumbre familiar o lo que es peor en un ritualismo dejando de ser sacramento.

Los sacramentos son acciones de Jesucristo (Hebreos 7-8) que celebra su Cuerpo (Romanos12, 4-5; Efesios 5, 23) que es la Iglesia, dándonos la gracia (Juan 1, 16-17) e impulsándonos a la acción sacramental (Hechos 6, 8; 15, 11).

La gracia de Dios es una, pero se nos da pedagógicamente y procesualmente, en cada sacramento nos enriquecemos a lo largo de nuestros días con la presencia santificante de Dios, por eso bien decimos que los sacramentos son el cairos (kairos) de Dios en nuestro cronos (kronos). De los siete sacramentos (Bautismo, Reconciliación, Eucaristía, Confirmación, Orden, Matrimonio y Unción) tres imprimen carácter: Bautismo, Confirmación y Orden. Estos tres sacramentos dejan visualizar la nueva alianza. Que fue sellada por Jesús el Cristo. Esta alianza es la Iglesia, un nuevo pueblo que continúa trasmitiendo la misión y vida de Jesús de Nazaret, él es la cabeza perfecta de un cuerpo “enclenque” formado por todos los bautizados. Quien celebra los sacramentos manifiesta su deseo de aceptar a Jesús y quien lo acepta quiere vivir su evangelio.

Enseñanza del encuentro:

Ø  Celebrar los sacramentos es renovar la acción salvadora de la Santísima Trinidad en la historia de los hombres. Impulsándonos a la acción redentora en el tiempo y el espacio en el que nos encontramos.

Ø  Los sacramentos nos permiten exteriorizar la relación que tenemos con Dios. “Entonces lo efímero se tras-figura en signo de la presencia de lo permanente; lo temporal en símbolo de la realidad de lo Eterno; el mundo en gran sacramento de Dios.”[3]

Ø  El presidente de la celebración de los sacramentos es Jesús el Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien da la gracia, Él se une con la Iglesia, el nuevo pueblo de la alianza, formando una sola realidad.


[1] Boff, Leonardo, Los Sacramentos de la vida y la vida de los sacramentos, Iglesia Nueva, 12ª Edición, Bogotá-Colombia, 1995, p. 15
[2] Santo Tomás I, 1, 8 ad 2
[3] Boff, Leonardo, Los Sacramentos de la vida y la vida de los sacramentos, Iglesia Nueva, 12ª Edición, Bogotá-Colombia, 1995, p. 11

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Por qué de la Cruz


P. Francisco María de la Cruz Jordán

“Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber,  nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura!” (1 Corintios 1:22-23). Así lo planteaba San Pablo y el Padre Jordán lo asimiló muy bien en su ministerio y en su vida diaria. Tanto comprendió en su vida la Cruz de Cristo que quiso llevar tal palabra en su nombre religioso: Padre Francisco María de la Cruz Jordán.

La Cruz tiene detrás de sí la entrega del amor, la seguridad de la verdad, la respuesta al mal y a todos sus frutos. La Cruz es lo que ofrecen los corazones contaminados del mal que no quieren escuchar la voz de Dios pero a su vez es la herramienta de Dios para mostrar al mundo su triunfo. Ya que todo sufrimiento por la defensa de la verdad y de la justicia se plenifica en cualquier vida humana. Jesucristo, el Dios-Hombre, al aceptar la Cruz le dijo al mundo que no tenía sentido retractarse de la verdad por ser aceptado y con su resurrección le dijo al mundo que ni la injusticia ni la muerte tienen la última palabra.


Es así como el Padre Jordán comprendió que las buenas obras, las que dan vida eterna, nacen y crecen a la sombra de la Cruz, del sufrimiento. Él aceptó numerosos sufrimientos que permitieron que diversos varones y mujeres en el mundo trabajen hoy por la salvación de toda la humanidad. A quienes les ha ido mostrando que los “sufrimientos son un punto clave en la vida de un apóstol”. Les ha mostrado que en el caminar del apostolado se puede encontrar con cuatro cálices, que hay que beberlos cuando se presentan para llevar a feliz término el plan de Dios. Un cáliz puede venir por el enemigo de la salvación, otro viene de los hombres malos que nos persiguen y nos atacan porque combatimos sus pasiones y desenfrenos y tratamos de ponerles bajo la ley de Cristo, otro más amargo viene de los buenos que no te comprenden y te juzgan, un último cáliz viene de aquellos que se supone están para protegernos y ayudarnos.

Las grandes obras nacen y crecen a la sombra de la cruz.


lunes, 17 de septiembre de 2012

¿Por qué María?


P.  Francisco María de la Cruz Jordán


“Profesen a María Santísima, una perfecta devoción, por medio de prácticas públicas y privadas por la extirpación de los defectos y por el ejercicio de las virtudes”, repetía una y otra vez el Padre Jordán a sus hijos espirituales. Él reconocía a la sencilla y humilde María como la maestra del discipulado, la que había acogido con generosidad y con prontitud el llamado que el Padre Celestial le había hecho. Esta era la motivación que tuvo en 1883 Juan Bautista Jordán para complementar su nombre religioso con el nombre María, Padre Francisco María.

Fue tal la devoción a María Santísima que la fundación de la Sociedad del Divino Salvador fue realidad en la fiesta de la Inmaculada Concepción, 08 de diciembre de 1881. El Padre Jordán encomendó siempre su proyecto de salvación a la Madre de Dios, solía decir con insistencia: “Orad… sin cesar y con gran confianza a la poderosa Reina del cielo para que podamos extender la salvación… y a fin de que cada uno de nosotros, lleno de espíritu apostólico y gran coraje, pueda acelerar el rescate del linaje humano que está en pecado y en error”. Tenía la piadosa costumbre de poner en la imagen de la Inmaculada Concepción, ante la cual siempre se arrodillaba a orar, papelitos escritos con las necesidades, materiales y espirituales, que tenía para el buen desarrollo y avance de la comunidad religiosa.

El Padre Francisco María dijo un día a sus hijos espirituales: “Quiero hoy imprimir en su corazón el rezo del Santo Rosario… Pero ¿cómo debemos rezar el rosario? De forma clara, atenta y devota, con atención como debe hacerse con cada oración.


Y el Buen Dios que sabe premiar a los suyos le concedió la dicha de ir a su encuentro el 8 de septiembre, fiesta del nacimiento de la virgen María, de 1918. 

Cada uno debe venerar a la Madre de Dios por las prácticas de las virtudes.

lunes, 10 de septiembre de 2012

¿Por qué Francisco?

P. Francisco María de la Cruz Jordán

El Padre Jordán guardaba una gran admiración religiosa a San Francisco de Asís, hombre que renunció a todas sus riquezas por entregarse de completo al servicio del evangelio y la construcción del Reino de Dios, acompañando y siendo uno de tantos pobres de la época. Por tal desprendimiento material y económico del pobrecillo de Asís fue que Juan Bautista Jordán decidió iniciar su nombre religioso con el nombre Francisco.    
El Padre Jordán veía en la pobreza el medio más acertado para seguir ciegamente al Señor; él siendo de un hogar muy pobre, que le costaba la sobrevivencia, fue un hombre que nunca se empecinó en aferrarse a lo material o al dinero. Tenía claro que tanto lo material como el dinero eran medios con los cuales podía servir mejor al Señor.
Por eso nunca la escasez fue un motivo para renunciar al llamado que recibió de Dios, servirle en la fundación de una gran familia: La Familia Religiosa Salvatoriana. Pues confiaba en que quien le había llamado no lo dejaría sólo. Solía decir con gran esperanza: “Deben ser hombres de confianza y de oración, emplear todos los medios permitidos. Deben hacerlo de esta manera: esperar todo de Dios, pero por otra parte también trabajar como si dependiera todo de su trabajo.”. La pobreza reflejada en la confianza y el desprendimiento, todo por el servicio.


Deseo que todos sigan al Divino Salvador en el sufrimiento como lo hizo San Francisco de Asís.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Venerable P. Francisco María de la Cruz Jordán, SDS


El 16 de junio de 1848, en Gurtweil-Alemania, en tiempos de una Europa revolucionaria, la segunda bendición para el matrimonio Jordán-Peter alcanza el gozo de la existencia en este mundo terrenal. El nacimiento de Juan Bautista Jordán, nombre que recibió en la pila bautismal, un día después de su nacimiento, será la alegría de don Lorenzo, su padre, y doña Notburga, su madre, la compañía de Martín, su hermano. Pero nadie sabía en ese momento que Juan Bautista trasformaría la historia de la Iglesia.

Este hijo de aquella Alemania descristianizada, entre luchas y sufrimientos financieros, alcanzará la gracia de Dios en el ministerio presbiteral, el 21 de julio de 1878 con 30 años de edad. Ya para este momento su espiritualidad a tomado una mirada de entrega a Dios, él dice: “Señor Jesucristo, decido y pretendo recibir hoy la sagrada orden del presbiterado para tu gloria y la salvación de las almas.  Toma y recíbeme como un perenne holocausto para Ti…  Infinitas gracias a Dios por toda la eternidad”.

Pero Dios tenía preparado para el Padre Juan Bautista Jordán algo más grande en el ministerio presbiteral. Dios lo había elegido “desde el vientre de su madre”, y le iba a dar “una gran descendencia” espiritual. Dios lo llamó, para que desde sus fortalezas y sus debilidades ofreciera a la Iglesia una gran familia que no descansará hasta que todos conozcan amen y sirvan al verdadero Dios revelado en la persona de Jesucristo. Esta gran misión revelada para el Padre Juan en las palabras de Jesús: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo” (Juan 173), es conocida en el mundo entero como la Familia Salvatoriana.

Siendo el P. Juan el primero en recibir votos religiosos en la Familia Salvatoriana recibe el nombre de Francisco María de la Cruz Jordán. En este nombre, que él eligió, podemos descubrir su profunda espiritualidad y entrega a la voluntad de Dios. Francisco, hace honor a San Francisco de Asís, en quien reconoce la grandeza de abrazar la pobreza. María, venerando a la Santísima Virgen María, primera cristiana que enseña que la fidelidad es fundamental en el seguimiento de Jesús. De la Cruz, glorificando al Verbo encarnado que dejó que el amor reinara y los deseos humanos sucumbieran, pues “toda gran obra nace a la sombra de la cruz”, afirmará el P. Jordán. 

viernes, 17 de agosto de 2012

El Misterio de Dios


Cuando hablamos de misterio reconocemos que se trata de una verdad incomprensible porque excede nuestra capacidad racional como también comprendemos que es una presencia sobrenatural en los sacramentos.

De esta manera cuando hablamos del MISTERIO DE DIOS nos referimos a su verdad TRINITARIA y a su ACCIÓN SACRAMENTAL. Dios es la Santísima Trinidad: “Tres personas distintas pero UN solo Dios verdadero”, que actúa por medio de la Iglesia para concedernos su gracia santificante (Mateo 28, 19-20).

El Hijo

Por ser Jesús quien nos revela este misterio divino iniciaremos la meditación Trinitaria con Él. Su encarnación nos permitió conocer la verdad divina (Lucas 1, 30-35).

Jesús de Nazaret, el hijo de María e hijo adoptivo de José, no es un hombre que hizo cosas buenas, un sabio que supo guiar o un poderoso que logro sanar, Él es el “Verdadero Dios y Verdadero Hombre”, es el que siempre ha existido (Juan 1, 1), pero que en un momento de su historia se hizo uno de nosotros (Juan 1, 14). Y luego de pasar por este mundo haciendo el bien (Hechos 10, 38) retornó al lugar del que había venido junto con los suyos (Marcos 16, 19). 

Jesús vino para que nosotros tuviéramos claridad de la verdad (Juan 18, 37) y vida en abundancia (Juan 10, 10), pues Él es la luz que nos aleja de las tinieblas (Juan 12, 46). Para cuando nuestra vida esté en la plena luz y cimentada en la verdad logremos sentirnos en el Reino de Dios ((Lucas 17, 20-21). Y viviendo el Reino de Dios deseemos esa paz, alegría, sosiego eterno (Juan 6, 40).  Esta es la salvación que nos da, por eso Él es nuestro redentor.

El Padre

Es el creador del universo (Génesis 1, 1). Jesús nos revela a la Persona del Padre (Mateo 11, 27) y por eso nos motivó para que lo reconociéramos como “Abbá”, Padre, nos enseñó a hablar con Él (Mateo 6, 9). Nos invitó a cumplir la voluntad del Padre para brillar como estrellas (Mateo 5, 16). Ser fieles como el Padre ha sido fiel con su creatura (Mateo 5, 48). Actuar con sencillez y sinceridad de corazón (Mateo 6, 1. 4. 6.). Nos reveló que el Padre nos ama tanto que se preocupa por nuestras necesidades y que por eso nuestra primera preocupación debe ser construir el Reino de Dios (Mateo 6, 26-34). Y más aún nos insistió en reconocer el amor del Padre en el perdón porque así sabremos perdonarnos (Mateo 6, 14-15).

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es quien realiza e ilumina la obra de Dios (Génesis 1, 2. 2, 7. Mateo 1, 18. Hechos 2, 3-4). Es la presencia divina que sostiene al Verdadero Hombre, Jesús, (Lucas 4, 18). Es quien nos permite nacer en espíritu (Juan 3, 5-6). Es la promesa del Señor Jesús para todos los bautizados (Juan14, 26) y el regalo del Padre a quien se lo pida (Lucas 11, 13). El Espíritu nos indicará qué decir (Mateo 13, 11). El Espíritu Santo es el que guía y sostiene la Iglesia y en ella a sus ministros les da el poder de transmitir la gracia santificante (Juan 20, 22; Hechos 6, 5, Hechos 8, 14-17; Hechos 9, 17. Hechos 28, 8.).

Por último no podemos olvidar que el único pecado no perdonado es el que va en contra del Espíritu Santo (Mateo 12, 32; Marcos 3, 29; Lucas 12, 10), por eso el Apóstol Pablo nos insistirá en no entristecer al Espíritu (Efesios 4, 30). 

viernes, 10 de agosto de 2012

La Reconciliación


Nos encontramos sumergidos en una sociedad que nos impulsa al egoísmo, al consumismo, al individualismo, al relativismo y al desinterés por el otro, realidad que sin darnos cuenta nos hace ofensores de nuestros seres queridos y de otras personas que están en nuestro entorno. Con mucha facilidad gritamos, maltratamos verbal o físicamente, eliminamos, ignoramos, despreciamos, criticamos, etc. Todo con tal de que mi yo crezca, de alcanzar lo que me propongo, de tener lo que quiero, de sentir que están a mis pies. Bien lo afirma el Papa Benedicto XVI en su saludo de cuaresma 2012: “¿Qué es lo que impide la mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás.”.

De esta manera ante una sociedad enemistada consigo mismo, con el prójimo y con Dios, por tener la mirada lejos de la verdad, nos urge una sincera RECONCILIACIÓN. Necesitamos un mundo que se construya desde el perdón.

La Vida
Mar 8:35-37  Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.  (36)  Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?  (37)  Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?

El Señor Jesús tiene claro que cuando el hombre se aferra a las cosas pasajeras y poco profundas está destinado a destruir su vida, Él nos propone una vida con sentido, la vida que se fundamenta en la verdad, en el amor, es decir, en la realización plena del hombre. Muchos ven esta propuesta como superficial, sin una meta, simple; y entonces se aferran a lo material, a los triunfos y a satisfacer sus deseos (tener, poder y placer), dejando de lado la propuesta de Jesucristo.

Y sin mirar la propuesta de Jesús ponen todas sus energías en alcanzar lo que supuestamente le concederá la felicidad; sin importar a quien tenga que hacerle daño, quien tenga que pagar sus malas decisiones o quien tenga que sufrir sus ofensas. El hombre egoísta destruye su vida, la de los otros y la relación con Dios. Pues todo parece que estuviera en contra de sí mismo. Va por el mundo estropeando proyectos de vidas ajenas. 

La Reconciliación
Existen tres sujetos a los que debemos perdonar en nuestra vida: a Dios, a los otros y a sí mismo. A Dios por todo lo que le hemos entregado como suyo y no lo es; a los otros por los momentos que con conciencia o sin ella le ofendemos, y a nosotros mimos por las malas decisiones que hemos tomado en la vida.

La reconciliación es el momento en el que purificamos nuestro corazón de rencores que hemos dejado reposar durante los días de nuestra vida; pero al perdonar no olvidamos, pues no se puede olvidar la ofensa recibida. Perdonar es tener la capacidad de recordar sin dolor. Hemos perdonado en el momento en el que asumimos la vida desde Dios. Y cada RECONCILIACIÓN es un acto de SALVACIÓN, por la sencilla razón que quien perdona ama y quien ama tiene a Dios y quien tiene a Dios vive en su reino.

Sacramento de la Reconciliación

Juan 20:21-23  Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»  (22)  Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.  (23)  A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

El evangelista Juan nos deja ver claramente que la reconciliación es una acción directa de la Santísima Trinidad: el Padre envía, el Hijo constituye la Iglesia y el Espíritu Santo actúa por medio de los ministros consagrados.

Cuando pensamos en el sacramento de la Reconciliación debemos tener en cuenta que no es la acción de un hombre al que le llamamos padre, sacerdote o cura, sino que es la misma Santísima Trinidad quien concede la gracia reconciliadora. Es un acto de fe y de confianza al misterio que Dios nos ha dejado en el seno de la Iglesia.

La reconciliación o confesión como se suele llamar no es una acción de compromiso o de deber cristiano, es un llamado a buscar constantemente vivir en la gracia de Dios, construir un mundo de paz y reconocer las malas decisiones y las equivocaciones cometidas.

jueves, 2 de agosto de 2012

Formando a los hijos hoy


Nos encontramos en un mundo que se desinteresa por las personas, por los individuos, por sus verdaderas necesidades, pero curiosamente sumerge al hombre en el deseo de individualidad, de tal manera que olvida que hace parte de un grupo, de una sociedad, de una familia. Y las familias son muy propensas a dejarse seducir por esta tendencia social. Con toda tranquilidad viven bajo un mismo techo sin conocerse, sin amarse, sin confianza; pueden vivir creyendo que tienen tales valores, pero ¿al relacionarse los miembros de la familia lo siente?

El problema de las familias no son los avances, no son los programas de televisión, no son las influencias de afuera, sino la claridad de la misión que tiene los padres. Cada época da las herramientas necesarias para brindar una sana formación a las nuevas generaciones, se hace necesario vislumbrarlas y asimilarlas; junto a estas herramientas siempre han existido valores que nunca cambiarán, tales como la unidad, el conocimiento de las personas, la confianza, todo sostenido por el amor.  

Unidad en la Familia

Mat 19:4-6  El respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, = los hizo varón y hembra, =  (5)  y que dijo: = Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? =  (6)  De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.»

La verdadera unidad familia comienza con la unidad de la pareja, que han decidido amarse por toda la vida. Es tan fuerte esta unidad, que Jesús nos habla de formar una sola carne: así lo ha querido el Padre Celestial, así lo ha pensado y así nos lo ha pedido vivir. Y claro, esa unidad, querida, pensada y pedida por Dios, tiene su plenitud en el sacramento del matrimonio, momento sacramental con el que le decimos a Dios sí acepto amar a esta mujer o este varón como medio por el cual alcanzar mi realización y mi felicidad.[1]
Por tanto si la pareja está unida y está bien, será más fácil brindar una sana formación a los hijos. Pero en el caso de no tener una pareja constituida, sino que se es cabeza de hogar, la unidad debe estar entre el padre o la madre con sus hijos.

Miembros que se conocen

Los miembros de la familia deben estar muy atentos para no olvidar que cada uno es un ser distinto a los otros. Podemos tener “parecidos”, asimilarnos al padre, a la madre, entre hermanos o a algún otro familiar, pero nunca seremos ellos. Dios nos creo únicos y nos vamos constituyendo únicos.

De esta manera podemos tomar conciencia que son odiosas y no muy formativas frases como: “qué pasa contigo, ve a tu hermano”, “por qué tu primo sí puede y tú no logras realizarlo”, “cuando yo tenía tu edad yo era, yo ya hacía”, “eso todo mundo puede hacerlo, ¿y tú no? entre otras. Estas frases nos muestran que no nos conocen, que ignoran nuestras capacidades y nuestra manera de enfrentar la vida.  Los padres de familia para formar deben comprender a cada hijo como es, debe valorar lo que tiene, y animarlo para que crezca en sus dones y talentos. Recordemos lo que nos dice San Pablo:

Rom 12:4-6  Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función,  (5)  así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros.  (6)  Pero teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada.

Confianza en la familia
  
   Luc 2:48-52  Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.»  (49)  El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»  (50)  Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.  (51)  Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.  (52)  Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

La confianza en cada acción de los miembros es de gran valor, cumple la función de alimentar la confianza en sí mismo. Una persona que no se siente respaldada por la confianza de sus seres queridos, puede perder la confianza en sí misma.

Sí nos conocemos porque estamos unidos nos tenemos confianza. Es importante que los hijos sientan que sus padres le respaldan en sus metas, en sus sueños, en sus deseos y en su realización humana. Se hace necesario dar respiro, dar apertura, permitir que se equivoquen y que caigan para que crezcan. Hay que saber confiar.


[1] Haciendo un paréntesis. No podemos olvidar que la vida de los hombres cuenta con decisiones equívocas, las cuales no nos permiten constituir este deseo de Dios. Y Dios nunca rechaza a una madre o a un padre cabeza de hogar, antes bien le acompaña y le asiste en su caminar; pero sí le pide fidelidad a su misión, de cabeza de hogar, con dignidad.

jueves, 26 de julio de 2012

La vida en presencia de Dios


El encuentro con Dios se ha convertido en nuestra vida en el espacio en el que podemos hacer una gran lista de solicitudes, necesidades, plegarias y demás. Y en muy pocas ocasiones logramos este espacio para aprender de Dios aceptando su proyecto de vida, que no es otro que el Amor. La vida cristiana no es un agregado a nuestra cotidianidad, no es un casillero más en nuestro tiempo que hay que llenar con diferentes actividades y en distintos tiempos, la vida cristiana es precisamente un ESTILO DE VIDA. Aceptar a Dios, que se reveló plenamente haciéndose hombre, es aceptar que Él tiene algo que decir a nuestra existencia, que cada día que pasa tiene sentido porque Él está con nosotros.  Por ello vivir desde la presencia de Dios es fortalecer la fe, la esperanza y el amor.

Vivir de la fe:

¿Qué es la fe? Es aceptar algo que alguien me dice como verdadero. Por tanto sí decimos tener fe en Jesús ¿por qué no le aceptamos su proyecto de vida? El ser humano que permite que Dios haga parte de su caminar es el que tiene fe, el que sabe aceptar el mensaje evangélico como verdadero. Y tiene presente las palabras de Jesús: “Porque ustedes tiene poca fe. En verdad les digo: si tuvieran fe, del tamaño de un granito de mostaza, le dirían a este cerro: Quítate de ahí y ponte más allá, y el cerro obedecería. Nada sería imposible para ustedes.” (Mateo 17,20).

Jesús nos llama la atención porque olvidamos fácilmente que tener fe en Él, en su mensaje, es tener fe en las capacidades que hemos recibido de Él, es tener fe en las posibilidades de triunfo que sólo Él nos ofrece, es tener fe en nuestro prójimo que siempre tiene algo que aportarnos, es tener fe en toda la creación que está en nuestro servicio. Vivir de la fe es despertar todos los medios que están en nuestro entorno para que la vida se active de tal manera que alcancemos realizarnos y alcancemos la felicidad.

Vivir de la esperanza:

Al hablar de la esperanza se hace necesario recordar las palabras de Pedro: “Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabra de vida eterna” (Juan 6, 68). Ya que tener esperanza en Dios es saber que Él nos conduce y nos guía pero sobre todo nos acompaña: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mateo 28, 20). Aquella fe en la Palabra que se hizo carne (Jesús), que despierta todos los medios que tenemos para alcanzar la realización y la felicidad, está sostenida por la esperanza que nos asegura que Dios está con nosotros todos los días de nuestra historia. No caminamos solos, no luchamos solos, nunca vivimos solos. Invitar a Dios hacer parte de nuestra vida es saber que Él ha respondido a nuestra solicitud positivamente, que Él puso su morada en nuestra existencia.

Vivir del amor:

Pero la riqueza más grande que tenemos para vivir la vida en Dios es el AMOR. San Juan dice “El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor” (1Juan 4,8). De nada nos sirve la fe y la esperanza en nuestra vida si el amor está ausente. Vivir en la presencia de Dios es buscar crecer cada día en el amor verdadero.

El amor no es romanticismo, no es corazones o figuras, el amor no son palabras que el viento se puede llevar, “el amor es paciente y muestra comprensión. El amor no muestra celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajezas ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdurará a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará.” (1corintios 13, 4-8).



La fe firme y la esperanza clara se vislumbran en el amor y el amor en el cumplimiento de lo que nos pide el Señor Jesús: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Juan 15, 10). Jesús nos propone algo que Él ya ha vivido, algo que como hombre Él enfrentó y logró alcanzar, por eso es posible lograrlo. Y cuando logremos apasionarnos de Jesús mostraremos al mundo el amor que viene de Dios, entonces tendremos que afirmar con San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los peligros o la espada? Pero no; en todo eso saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó” (Romanos 8, 35.37).   

martes, 24 de julio de 2012

Retiro Regional

Del 16 al 20 de julio todos los miembros de la Región Salvatoriana del Ecuador participaron del retiro anual.  El Padre Juan Carrasquilla SDS, Superior Provincial, animó el retiro, la temática fue la Persona y acción de Jesús de Nazaret y la presencia de María Santísima en la vida de Jesús. 

jueves, 19 de julio de 2012

El Emmanuel Trasforma la Vida


Hay una desilusión en el ser humano

Han existido, existen y muy seguramente existirán grandes personajes que aportan diferentes pensamientos y diferentes modelos de vida, como también nos podemos encontrar con grandes inventos tecnológicos y científicos que pretenden cubrir un algo que deseamos saciar y no sabemos cómo. Pero ni ellos ni estos han logrado darle plenitud a la sed que el hombre lleva por dentro. Tiene el hombre felicidades o realizaciones pasajeras y debe emprender la búsqueda de otra cosa, produciéndole cansancio, fatigas, tristezas, amarguras, inestabilidad en sí la desilusión de no lograr sentirse realizado, de no sentirse pleno.

¿Quiere decir esto, que el ser humano está condenado a vivir una situación de desilusión? Desde luego que no. El hombre fue creado para el gozo eterno (Génesis 1, 27-28), fue creado para la grata convivencia con el prójimo (Génesis 2, 25) y con Dios (Génesis 3, 8); pero toda esta realidad tuvo una ruptura, pues la condición humana se dejó seducir por la presencia del ángel (Salmo 8, 5), que rechazó a Dios y a su reino libre e irrevocablemente. Pero Dios que es amor (1Juan 4, 8) no olvidó su deseo y aún con el pecado que entró en la humanidad se encarnó para que nos reconciliemos con él (2Corintios 5, 19). Y quien lo acepta libremente es considerado su hijo (Juan 1, 11-13).      

El Emmanuel trasforma la vida


Aquel hombre del que hemos escuchado, quizá desde nuestra niñez, es mucho más que un sanador, que un milagrero, que un hombre sencillo del pueblo de Nazaret o un hombre que construyó una historia. Jesús de Nazaret es el Emmanuel, Dios-con-nosotros. Es el cumplimiento de la promesa de Dios a la humanidad, es su encarnación (Mateo 1, 18-25). Quien se entrega plenamente a la condición humana, haciéndose uno de nosotros (Filipenses 2,6). Pasando por la tentación de quien ha dicho no a Dios y venciéndolo con la sabiduría divina (Mateo 4, 1-10). Jesús de Nazaret, el Emmanuel, es el hombre-Dios, por eso nos puede indicar el camino, nos puede decir la verdad para así alcanzar la vida que todos anhelamos. El transforma la vida porque viene al encuentro como uno de nosotros, un igual, y nos habla como nosotros comprendemos con el mágico auxilio del amor, del que tanto carecemos, tanto buscamos y tanto necesitamos. Jesús nos transforma la vida porque nos hace sentir amados.

domingo, 15 de julio de 2012

ORACIÓN 

Los hermanos Salvatorianos nos encontraremos en una semana de retiro espiritual. Por este motivo les pedimos a todos ustedes, nuestros visitantes, oración para que el Espíritu Santo nos ilumine y nos dé la orientación necesaria y logremos hacer vida su voluntad. 

El retiro espiritual será en la ciudad de Quito, desde el lunes 16 a el viernes 20 de julio, dirigido por el Padre Juan Carrasquilla SDS, superior provincial. Participaremos los de la comunidad de María Madre de la Iglesia, San Pedro de Cumbayá y Corpus Christi (Manta). 

Estas palabras del Venerable Padre Francisco María de la Cruz Jordán iluminan la temática del retiro espiritual: 


“Y nosotros que tenemos el deber especial de imitar a los Apóstoles, debemos, por consiguiente, tener en particular estima lo que el Divino Salvador ordenó a sus Apóstoles, a saber, el amor. Debemos vivir como los apóstoles y ser un solo corazón  y una sola alma.
La caridad fraterna es una obligación. (Ya que tenemos un vínculo) ¡Y este vínculo tan estrecho existe realmente en una Orden religiosa! En una familia, hay un padre espiritual, un fin, un deber común, un hábito religioso, una regla.
el amor fraterno debe ser verdadero, abnegado paciente, atento, compasivo, imparcial, universal, no unilateral y activo en las palabras y hechos. Debe abarcar a todos. Por lo tanto unánimes, participativos, verdadero, dispuesto al sacrificio, atento y universal, en sentimientos, palabras y obras.
¡Qué fáciles se vuelven las obligaciones cuando reina el verdadero amor fraterno en una casa religiosa!
¡Por lo tanto, amad! Y amad: a pesar de la fragilidad humana, a pesar de los defectos de carácter, a pesar de los temperamentos desagradables, a pesar de las inaptitudes, a pesar de las faltas morales. Amad a todos.”